Ese maravilloso balneario llamado Bled

Hay destinos de todo tipo y gama. Viajes para diferentes perfiles. Y si en este aspecto, Tacones Viajeros comparte criterios con los de su gremio, también ha buscado la distinción a través de los ojos infatigables y soñadores de sus creadoras


Publicado 13-03-2018



Tacones Viajeros son ellas y su calzado junto con ese alma de trotamundos que tanto desean transmitir a otras mujeres. Por ello, estos relatos están dedicados a la que es su protagonista absoluta: la lectora que busca un destino donde disfrutar en femenino, ya sea sola o acompañada. Las siguientes líneas van dirigidas a esas turistas que buscan algo más que el simple goce de los sentidos; que exigen de otros condimentos, entre ellos, la tranquilidad y el reposo. Unas vacaciones que las refloten, que reconforten su maltrecho interior. Como ejemplo, deseamos hablarles de una vieja amiga y de su peculiar travesía por esa pequeña esmeralda llamada Eslovenia.

Penélope llevaba largo tiempo recluida en una vida preñada de estrés laboral y complicados entresijos emocionales. La costumbre había prolongado esta situación hasta que un día dijo basta: o fue el límite de saturación el que habló: rompió con el cáncer que le carcomía las entrañas. El siguiente paso fue el de plantearse una escapada que le ayudara a oxigenarse. Decidió marchar sola para que que el viaje además de ocio, resultara terapéutico. El destino lo escogió lo su pasión por el senderismo.

Llegó un viernes de primavera a Liubliana provista de una pequeña maleta y desprovista de ideas preconcebidas. Le agradó la ciudad. Había reservado una habitación en un pequeño hotel familiar en la parte antigua y tan pronto como aparcó sus pertenencias, se lanzó al descubrimiento de la urbe. Después de agenciarse un mapa, se entregó al itinerario propuesto por el Stare Miasto que tenía como columna vertebral al río Ljubljanica. Deambuló que no caminó por la Plaza del Ayuntamiento, visitó la Catedral de San Nicolás, y se entregó a una pequeña parada frente al puente del Dragón (símbolo de la ciudad) y el Triple Puente. Respiró la agradable atmósfera de esta coqueta ciudad para finalmente ascender al Castillo. Allí fue consciente del bien que les estaba reportando Eslovenia. Luego con el humor renovado bajó con otra energía a una de esas terrazas llenas de vitalidad en las que se disfrutaba de la compañía del río Ljubljanica.

Los días siguientes ya tenían destino: los lugares descritos en el panfleto informativo que la había conducido allí, paisajes de flamante belleza que pastoreaban bajo los Alpes Julianos. Se perdió en el Parque Nacional de Triglav. Respiró hondamente en la garganta de Vintgar, obra del lento discurrir del río Radovna. Sin embargo, a Penélope le esperaba una sorpresa todavía más agradable, el lago Bled: un lago glacial que poseía atributos que la cautivaron. Frente a ella se presentaban los Alpes Julianos cortando el horizonte; luego, en lo alto, pendiendo de un risco, una fortaleza medieval milenaria. Y para encumbrar este lienzo a cuadro animado, una pequeña iglesia brotaba del centro del lago, la iglesia de la Ascensión del siglo XV. El placer de esta visión la relajó de tal manera, que después de sentarse en un banco, acabó sucumbiendo al sueño. La paciente que sufría de amnesia gozaba de su primer sueño reparador en la acogedora Bled.



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