Gran Canaria, el Paraíso no está tan lejos

Escribir objetivamente sobre Gran Canaria no es tarea fácil para mí, que hablo andaluz pero me llamo Guayarmina, como la última princesa aborigen que hubo en la isla antes de la conquista allá por el siglo XV. No es tarea fácil para mí, que aprendí a nadar y a correr descalza y ensalitrá en los inviernos cálidos de Las Canteras, una de las mejores playas urbanas del mundo, desde que era una niña.


Publicado 15-06-2018



Hace poco más de un año que he instalado en Las Palmas de Gran Canaria mi casa y mi base de operaciones, después de haber recorrido medio mundo no concibo un lugar donde se viva mejor que en la isla. Canarias pertenece geográficamente a África, políticamente a Europa y culturalmente a Latinoamérica... pero aún tratando de ser así de precisa miento, el archipiélago canario sólo se pertenece a sí mismo, la insularidad y las particularidades de la historia hacen de las islas un lugar envuelto en misterio donde se siente una energía poderosa que emana del océano y sus volcanes, a la vez que el mismísimo paraíso. No sólo por sus paisajes y el clima agradable que propicia el soplo de los vientos alisios, sino por el carácter de sus gentes, afable, descomplicado, y porque las prisas en estas latitudes no tiene sentido ni son utilizadas.

Trato de escribir con los recuerdos de la niñez, con esas primeras impresiones, con las sensaciones que tuve hace poco más de un año cuando llegué para instalarme. El día a día hace que esos impactos de primer momento vayan amortiguándose y me hace amar unas cosas que a primera vista ni distinguía y empezar a detestar otras que en otro tiempo o en unas vacaciones seguro me encantaban. Es lo que tiene vivir los lugares y no visitarlos y he de reconocer Gran Canaria es una isla para vivirla.
Hay muchas cosas que descubrí en Gran Canaria de niña y que me abrieron la mente, la perspectiva y las ganas a muchos mundos de otro modo inimaginados. Son esas circunstancias que a día de hoy me siguen impactando y me dan la confirmación de que estoy en el lugar y en el momento correcto. Hacer un viaje en coche por viejas carreteras de la ínsula y recorrer acantilados, admirar la inmensidad de un oceáno azul repletos de peces y barcos hundidos donde se divisan los contornos de otras tierras allá en el horizonte, recorrer caminos angostos y sentir que la isla, a pesar de ser pequeña y ser uno de los destinos turísticos favoritos de los habitantes de la fría Europa, es un paraíso tranquilo en el que se puede disfrutar de la naturaleza en soledad. 

Autocaravanas salpicadas por el paisaje, sin llegar a abarrotarlo, extranjeras y extranjeros en pelotas en alguna de las playas solitarias a las que llegamos a curiosear después de una buena caminata. Un pueblo lejos de todo, auténtico, enclavado entre rocas a la orilla de una playa preciosa y solitaria. Ancianos mirandome con curiosidad me comentan orgullosos que nunca han estado en la capital, porque para ellos "Las Palmas está más lejos que Rusia". Restaurantes con olor a pescado y a mojo picón, a ajo, a hierbahuerto, a especias. Papas arrugás, quesos de cabra, cebolla morada, gofio- harina de maíz... Por aquí y por allá escucho ritmos latinos, salsa, merengue, y veo esas caras tostadas por el sol, alegres, felices. Y siento el calor y la alegría de vivir que en la península el devenir de las estaciones sólo reserva para la primavera y para el verano. 
Me gustan las casas al borde de los caminos que atraviesan aldeas y pueblos, con grandes puertas de madera, altas y estrechas y pintadas de colores. Me gusta el sentir de esos lugares tranquilos y cercanos, donde todavía se reparte pan con matalaúva o pan de millo puerta por puerta y aguarda ahí, colgado de una bolsa en el llamador sin que nadie se lo robe, como las garrafas de agua o una bombona de gas butano que el repartidor "de toda la vida" no pudo entregar a su vecino porque no había nadie en la vivienda. Me gustan los bares y las tiendas donde se despachan productos "del país" como llaman los canarios a todo lo que se produce en el archipiélago.

Me sorprende siempre la sensación de estar en un lugar muy grande y de hacer muchos kilómetros a pesar de estar en un lugar rodeado de mar, de tener tantas opciones que necesito más días para explorar, barrancos verdes salpicados de cuevas, montaña, pinos, playas amarillas plagadas de dunas, riscos áridos, un infinito horizonte azul, plataneras y un montón de climas distintos en un mismo día, el ambiente de los pueblos, afable, campechano, las comidas baratas, los guisos del día, la ropa vieja, los potajes de berros, los sabores de otra cultura que cabalga entre África y América. Años, muchos años después de esas aproximaciones de infancia me he vuelto a reencontrar con mis recuerdos canarios en Cádiz, en Cuba y en algún que otro lugar de la costa del caribe continental o algunos de los pueblos costeros marroquíes que miran con humildad al océano Atlántico. A veces sólo por el sabor del comino o de alguna que otra especia, por un trozo de mazorca de maíz en el puchero, por las papas pequeñitas y sabrosas cocinadas con piel, por la música, por los rostros bronceados por el sol y las enormes sonrisas, por el cantadito al terminar las frases o por las formas de construir una oración, por las "chés" que aquí son "yés" (yaya cogí el coye a lah oyo- (mu)chacha cogí el coche a las ocho), por la forma suave de sentirme tratada "mi niña, mi amor, mi cielo", por el sabor de la fruta que crece en tierra volcánica, por las construcciones coloniales y los suelos de piedra. No sé a ciencia cierta de dónde me vienen las conexiones entre todos estos mundos, pero son las del primerazo y son en las que confío.

Vivo en la capital, Las Palmas, en un barrio que se llama Guanarteme, nombre del último rey aborigen de la isla antes de la conquista, allá por el siglo XV. Guanarteme era el padre de Guayarmina y sólo a modo de curioso dato ambos fueron bautizados por los castellanos como Fernando y Margarita respectivamente, una vez la isla fue conquistada y la raza autóctona prácticamente exterminada. Los y las visitantes que aman la historia suelen disfrutar mucho de ella rodeadas de momias y huesos en el Museo Canario de la ciudad vieja de Las Palmas. Pero no era este el sentido de este párrafo, les estaba contando del barrio que habito y que me habita.
Guanarteme es un enclave popular lleno de luz, como el resto de la isla, y de aire cargado de espuma de ola que hace que las noches huelan inevitablemente a sal. En Guanarteme la vida se vive en cholas* y al ritmo canario. Salir de casa chancleteando para ir a pasear a la playa, a tumbarse en la arena, a coger unas olas o a disfrutar del espectáculo de un montón de surfistas cabalgando el oceáno azul son los placeres cotidianos de los que gozamos las y los pobladores de este enclave local. A Guanarteme lo baña una parte de litoral de Las Canteras que se llama La Cícer, la zona de la playa donde se concentra la esencia del surf de la isla. Es por eso que en el barrio han proliferado en los últimos años escuelas de surf y negocios de alojamiento, lo que no evita que aún conserve la esencia de lo que fue, una zona popular donde mora gente de mar, sencilla, que convive en el día a día con viajeras, deportistas y extranjeros de oxigenadas melenas y torsos de pura fibra esculpidos a golpe de surfing y remadas en agua salá. Casas terreras, de una planta, de colores se mezclan con modernos edificios. En cada calle aún sobreviven tiendas de ultramarinos regentadas por vecinos del barrio en los que se pueden comprar frutas, embutidos, quesos, aguacates del país, dulces, helados, yogur, pan, agua embotellada y algún que otro producto que hace falta sobre la marcha. Estas tiendas también forman parte de mis recuerdos de infancia, sobre todo su olor a pan recién hecho y a tinta de periódico impreso la noche anterior mezclados con salitre. No hay ningún olor que resuma mejor la cotidianedad de la vida en un barrio que el de sus pequeñas tiendas de ultramarinos.

Más allá de Guanarteme y su playa de arena negra volcánica, La Cícer, hay grandes extensiones de costa hermosa de arena amarilla donde se puede nadar y hacer snorkel, Playa Chica, Playa Grande, La Puntilla,  donde el mar tiene un arrecife natural que protege una parte de la playa del oleaje y permite disfrutar en esos lares del rico fondo marino. 

Las Palmas es un crisol de culturas. Cientos de nacionalidades conviven en una ciudad abierta y cosmopolita en la que descubrí desde muy niña que en mundo se hablan infinidad de lenguas, se visten diferentes ropas y se llevan con orgullo otros colores de piel y otros rasgos. Las Palmas es el lugar donde empecé a amar la salsa y el merengue sin ni siquiera saberlo porque esos ritmos me contagian de alegría y un día descubrí que bailándolos conecto con mis latidos y se me olvidan todas las penas. Frecuentar lugares donde la música en directo y el baile son los protagonistas es fácil en esta ciudad tropical de corazón caliente donde cada habitante, dicen, tiene al menos un pariente en Cuba y en Venezuela. También hay música en la calle y en las plazas, cerca del mar, gratis, para todas y para todos, gracias a una iniciativa popular llamada Ruta Playa Viva que hace que los fines de semana sean musicales, divertidos y cultos.
La ventaja de la capital Las Palmas y en general de la isla, Gran Canaria, es que tiene infinidad de posibilidades al alcance de la mano. Para experimentar la soledad absoluta basta con caminar unos kilómetros a través de la playa y arribar a cualquier páramo de arena, rocas y agua, se dirija en la dirección que se dirija, norte o sur. Si se quiere visitar una verdadera ciudad colonial con su catedral, sus casonas y sus museos basta con que transite por la avenida marítima hacia el casco histórico en Vegueta, rodeado de cerros con pequeñas casitas de colores de cara al imponente Atlántico, o conduzca unos kilómetros a la vecina Arucas o al más interior pueblo de Teror, villorrios regios de casas señoriales y balcones de madera atestados de flores, que poco tienen que ver con el relajo de la vida a pie de mar. También se puede ser un turista de los del todo incluído y cambiar el "mi niño" y "mi amor" por el "hello" y el "danke". Basta con conducir hasta el sur de la isla y convivir un rato con los cientos de visitantes europeos que buscan en el sur de Gran Canaria el buen clima durante todo el año. Si en Las Palmas hay "panza de burro" o lo que es lo mismo, está nublado, se encuentra el sol en el sur, siempre. Si se quiere visitar pequeños pueblos marineros y coger olas con cierto nivel se tiene a escasos pocos minutos en coche desde la capital los pueblos del norte. Montaña, senderismo, barrancos, cascadas, naturaleza verde y salvaje aguardan en el centro de la isla para toda la que quiera caminar y realizar turismo activo. 
Gran Canaria es apasionante, rica, hermosa. En ella conviven los climas y los paisajes del resto de las islas del archipiélago, es una especie de resumen en miniatura de todo lo que son las Islas Canarias en su conjunto, una aproximación a un mundo de volcanes y de alegría donde siempre, siempre se recibe a la gente con una gran sonrisa, ¿a qué esperas para visitarla?

*Las cholas son las chancletas para canarios y venezolanos. 

Guayarmina Pedraza García




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