Las sagas nórdicas hablan de una reina, Gyda Eiriksdottir, a la que que no solo se le atribuye un halo de leyenda, fue la primera reina de una Noruega unificada. Su preponderancia viene de la mano del que fue el primer unificador de Noruega, el gran Harald I, también conocido como el de la Hermosa Cabellera.

Acostumbrados a la imagen de un pueblo, el vikingo, siempre enrolado en empresas de bandolerismo naval, son estas sagas escandinavas las que nos recuerdan que también ellos disfrutaron de la vida cortesana. No todo fue lanzarse al mar, buscar nuevas tierras a las que someter y saquear. Hay otra vertiente que suele permanecer en la penumbra y que nos ofrece un retrato de un pueblo no solo belicoso; una visión más amable y menos ruda. La de sus aciertos y desaciertos en las lides de la caballerosidad.

¿Quiénes fueron esos vikingos y Gyda Eiriksdottir de cuyas hazañas tantas veces se relatan?

Sus gestas comienzan a ser conocidas a través de su llegada a las Islas Británicas. Destaca el hecho acontecido en 793, cuando saquearon el monasterio de Lindisfarne en Inglaterra. Larga es la lista de ataques de este tipo en el que se pretendía era el botín mediante el ataque y la destrucción.

Poco a poco se asentaron en las tierras que anteriormente habían arrasado: Inglaterra, Normandía o Irlanda como ejemplos.

En este contexto nació la figura de Haraldr Hárfagri, Harald I o el de la Hermosa Cabellera, rey de Noruega. Coronado en el año 872 logrando la unificación de todo el país.

Esta saga cuenta que esto fue debido al amor que le inspiró una princesa vikinga llamada Gyda Eiriksdottir hija del rey de Hordaland. Harald rey de un territorio llamado Vestfold y deseoso de casarse con la princesa, mandó un séquito de nobles vasallos para solicitar su mano. Su proposición fue rechazada y hasta se le trató como un advenedizo, porque no parecía que tuviera los bienes y la categoría suficiente para poder casarse con Gyda: le faltaba territorios y poderío. Su respuesta, no se casaría con él hasta que fuese Rey de Noruega.

Sin embargo, esto no amedrentó a Harald. Es más, incluso hizo el juramento de no cortarse la melena hasta lograr unificar toda Noruega y proclamarse el mismo rey. Tras diez años de intenso esfuerzo, alcanzó su propósito y Gyda Eiriksdottir aceptó su propuesta de matrimonio. Había llegado el momento de que Harald se cortara su hermosa caballera.

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